Hermes Trismegisto

Se llama Hermes Mestriner, pero en el fondo de su alma, se siente el mismísimo Hermes Trismegisto, el legendario inventor de la alquimia, el “tres veces grande”. Forma parte del sexteto de comensales autodenominados “Los Galanes”, un nombre que, cuarenta años atrás, habría sido un halago perfecto para estos veteranos galanes de la vida. Pero ahora, con un promedio de setenta primaveras encima –y algunas otoñales arrugas de más–, sonaba más a chiste de mal gusto, cortesía del inagotable buen humor de Hermes. Fue él quien, en plena pandemia del COVID, tuvo la brillante idea de convocar a sus mejores amigos a banquetes épicos en una casa de mariscos de lujo, como si fueran emperadores romanos en decadencia, pero con ostras en lugar de uvas.

El mozo, un tipo joven con cara de haber visto demasiadas mesas ruidosas, se acercó con la cuenta en mano. “¿Necesitan factura? ¿A nombre de quién?”
Hermes, con el pecho inflado como un pavo real, respondió: “Factúrela a mi nombre. Pago con tarjeta.”


“¿Mestriner?”, repitió el mozo, garabateando en su libreta con la concentración de un arqueólogo descifrando jeroglíficos.


“En realidad”, explicó Hermes con un aire de profesor emérito, “mi apellido original no era Mestriner, sino TRISMEGISTO, igual que el inventor de la alquimia. Significa ‘tres veces grande’… ¡y no solo en sabiduría!” Guiñó un ojo, y el grupo estalló en risas ahogadas, imaginando las implicancias.


“A la orden de Mestriner o de Tri… ¿cómo dijo?”, balbuceó el mozo, rojo como un tomate maduro.


“Sí, tres veces grande… ¡como su poronga!”, remató Hermes con una carcajada triunfal, demostrando un orgullo que rayaba en lo legendario. Pagó la cuenta con su tarjeta dorada, mientras sus compañeros contribuían proporcionalmente, como si fueran accionistas en una empresa de jubilados gourmet.
Justo entonces, una mujer que rondaría los treinta –una visión de curvas y juventud que contrastaba con la mesa de fósiles vivientes– se acercó tímidamente. “Disculpen, ¿saben cuál es la parada del colectivo 102? El que va a la Facu de Derecho.”


Hermes se levantó de la silla con la agilidad de un atleta olímpico (o al menos eso creyó él), ignorando el crujido sospechoso de sus rodillas. “¡Acompáñeme, señorita! Vamos a la vereda y le indico con precisión cartográfica.”
Carlos, el más envidioso del grupo, lo miró con una ceja arqueada y murmuró: “Mirá vos, el viejo choto haciéndose el pendejo… Las parejas con grandes diferencias de edad, especialmente el hombre mayor con una mujer más joven, se asocian con dinámicas de poder desigual, como transacciones económicas. ¡Es como si estuviera comprando acciones en el mercado del amor!”
El resto de los comensales adhirió con un coro de “¡Exacto!” y risitas maliciosas, como un jurado de reality show. Sorprendentemente, los minutos pasaban y Hermes no regresaba. Media hora después, decidieron irse, dejando la mesa como un campo de batalla de conchas vacías.

“Se hace el pendejo”, sentenció Carlos, sacudiendo la cabeza con dramatismo shakesperiano.

Hermes, en su mente, era el verdadero alquimista: transmutaba plomo en oro, o mejor dicho, años en juventud eterna. Convencido de que su aspecto impecable, su destreza física (que incluía subir escaleras sin jadeo excesivo) y su sólida cultura lo convertían en un eterno veinteañero, abordaba conquistas con la seguridad de un Casanova reencarnado. Efectivamente, inició un romance tórrido con Griselda, la mujer del colectivo. Durante días, se encontraban en un barcito de la costanera, conversando como dos tortolitos en una comedia romántica de bajo presupuesto. Hermes, cada vez más inflado de ego, se sentía inmortal.

Una noche, después de unos tragos que aflojaban lenguas y inhibiciones, caminaron cerca del río bajo un cielo iluminado por una luna llena que parecía un reflector de Hollywood. Un grupo de quince muchachos –una horda de adolescentes con pinta de pandilla de barrio– se acercó a pedir fuego. Hermes, fumando un Cohiba como un magnate cubano, les regaló un encendedor con gesto: “Llévenlo, muchachos. Tengo otro. ¡La generosidad es mi segundo nombre!”

“¡Qué generoso, mi amor!”, exclamó Griselda, batiendo pestañas.
“Una tontería, nada más”, respondió Hermes con modestia fingida.
Griselda sonrió, pero su mirada se volvió gélida como el Ártico. Mirándolo a los ojos, soltó con voz de villana de telenovela:

 

“Estos pibes se estarán preguntando cuánta guita le dará a la pendeja el viejo ese…”

El silencio que siguió fue ensordecedor, como si el río se hubiera congelado. Hermes sintió un puñal en el pecho, pero sonrió forzado, fingiendo que era un chiste.

Siete días después, en el banquete renovado –un ritual que ya olía a tradición tragicómica–, Hermes confió la frase de Griselda con la voz quebrada, como un héroe caído en batalla.


Carlos, con crueldad de cirujano sin anestesia, repitió innecesariamente: “¿Te dijo ‘estos pibes se estarán preguntando cuánta guita le dará a la pendeja el viejo ese…’? ¡Auch! Eso es un knockout verbal.”

Jorge, el sociólogo aficionado del grupo, intentó una salida dramática: “No es para tomarlo al pie de la letra, Hermes. Quizá ella quiso criticar el estereotipo general, mostrando que es consciente de cómo los ven los demás, pero sin aplicarlo a ustedes. ¡Es como un comentario meta, digno de un ensayo académico!”

Juan, siguiendo la línea, agregó con entusiasmo: “En un contexto ligero, podría ser ironía juguetona: bromeando sobre cómo los perciben, fortaleciendo su complicidad. ¡Como si dijera ‘¡Ja! Que se jodan los prejuiciosos!’”
Hermes miró a todos con ojos de cachorro abandonado bajo la lluvia, una luz tristona y apagada. Procurando auto consolarse, murmuró: “Creo que Griselda es muy inteligente… observadora, amante del humor negro… y pensó que yo no lo tomaría personal. Sería razonable si la pintamos como sarcástica, ¿no? En la vida real, comentarios así son comunes sobre celebridades o extraños, sin rechazo personal.”


José, el menos intelectual pero más directo, terció con brutal honestidad: “Seamos realistas, muchachos. Fue una expresión de rechazo clarita como el agua. Dijo ‘viejo ese’, poniéndolo en boca de los pibes. ¡Es como si te hubiera tirado un balde de agua fría en la cara!”

Jorge, casi retractándose, expuso con tono de thriller psicológico: “Podría estar internalizando juicios sociales que ella misma ha enfrentado o teme. Al verbalizarlo, está indirectamente cuestionando su propia elección de estar con un hombre mayor. ¡Es un drama freudiano!”
Hermes, con cara de manifiesto malestar –como si le hubieran robado el elixir de la juventud–, dijo con tono severo: “Piensan que fue un rechazo sutil… o al menos una ambivalencia. ¿Soy un viejo choto iluso?”

Carlos, arrepentido por su crueldad inicial, intentó redimirse con un cliché romántico: “Hermes, si te quiere, no importa la edad. ¡El amor no se compra! Es como el vino: mejora con los años… o se pone agrio.”

La conversación se extendió durante más de tres horas, un maratón de análisis dignos de un simposio filosófico sobre el amor geriátrico. La mesa de Los Galanes era la única que no estaba vacía en el restaurante, como si fueran los últimos sobrevivientes de una apocalipsis de cenas.
Finalmente, el mozo se acercó con la cuenta. Hermes sacó su tarjeta con gesto de héroe trágico. “Hermes, con hache de héroe, y el apellido MES-TRI-NER, aunque mi original era TRIS-ME-GIS-TO. ¡Tres veces grande, como ya sabe!”

El mozo anotó en un papel, se acercó a una empleada y le susurró algo.

 

Hermes, curioso, le preguntó a Carlos: “¿Qué secreteaba el mozo?”

Carlos, con una sonrisa maliciosa que anunciaba el golpe de gracia, respondió: “Dijo: ‘Claudia, podés ir a la mesa de Los Galanes… a ese viejo choto no le entiendo un pomo’.”


El grupo estalló en carcajadas histéricas, un final cómico y dramático selló la noche: la juventud eterna era solo un chiste cruel del destino.